Jul 10, 2014

Cornelio y Pablo

Un día soleado, como cualquier otro en la granja, un conejo, al que llamaremos Cornelio, encontró una cosa larga y verde tirada en el pasto. Decidió acercarse un poco más, en caso de que fuera algún vegetal. Se imaginó que podría ser algo nuevo y delicioso que podía llevar a casa para cenar con sus papás y sus veinticuatro hermanos. Mientras el conejo meditaba sobre el vegetal, Pablo caminaba hacia él. Al pequeño pato le intrigaba un brillo plateado que salía de entre el pasto.

Pronto los dos se encontraron empujando y picoteando el objeto tirado entre ellos. Uno por la larga parte verde y el otro tratando de sacar los puntitos brillantes de entre la cubierta verde. "No es un vegetal", comentó Cornelio. 
"Claro que no", respondió Pablo. 

"Los vegetales no brillan y este lo hace." Indicó con su ala el lugar metálico que brillaba con el sol. Los dos jóvenes animales continuaron la exploración del extraño objeto. Accidentalmente, Cornelio empujó con su pata un botón negro y la cosa verde se esponjó con un fuerte ruido. 

"¿Qué te pasa?", gritó Pablo un poco asustado. 

"¿Viste eso?", respondió Cornelio fascinado. "Es una cosa de esas que usan los humanos para taparse del agua", aclaró el conejo, que había visto a muchos humanos pasar con sus paraguas enfrente de su madriguera. "Los hay de muchos colores. Pero este se ve sucio" terminó. 

"Ya sé lo que es un paraguas, pero no sabía que se convertían en pepinos gigantes", comentó el pato mientras caminaba para colocarse debajo de la sombra del artefacto humano. "Creo que me lo voy a llevar a mi estanque para taparme del sol cuando está más alto en el cielo." 

Cornelio rápidamente brincó para tomar el paraguas por el mango. "¡No! Me lo voy a llevar yo para cubrir la entrada de mi madriguera cuando llueva".

Mientras discutían sobre la propiedad del artilugio, el cielo comenzó a nublarse y los vientos a soplar, anunciando una de esas tormentas primaverales que se dan tanto en el campo. Los dos animalitos aún se encontraban forcejeando con el mango del paraguas para poder ejercer su propiedad, cuando un fuerte viento los levantó en el aire. 

"¡No sé volar todavía!" lloró Pablo. 

"¡Me preocupa más el aterrizaje! " chilló Cornelio. 

"No te preocupes, Cornelio. Si nos mantenemos sujetos a este paraguas, estaremos bien."

Después de viajar largo rato en los vientos, el paraguas por fin se atoró en las ramas de un árbol. Cornelio y Pablo se ayudaron mutuamente para bajar del árbol. Una vez en el suelo, se abrazaron y festejaron el haber escapado del peligro. 

"¿Todavía quieres el paraguas, Pablo? Porque si es así, es todo tuyo" comentó el conejo. 

"No, creo que no va con el estanque. Puedes llevártelo Cornelio". Pero lo único que quería el conejo era regresar a casa con sus veinticuatro hermanos y sus papás. 


"No gracias, creo que llamaría demasiado la atención hacia la madriguera y eso es peligroso". Los dos animales se miraron, sonrieron y emprendieron el camino a casa.